Septiembre es el mes de los comienzos. Nuevos profesores, nuevos compañeros, libros por estrenar, horarios que todavía estamos intentando encajar… Y también vuelve una conversación que se repite en muchas casas a la salida del colegio:

—¿Qué tal el cole?
—Bien.
—¿Qué habéis hecho?
—Nada.
—¿Pero nada de nada?
—No sé…

Y ahí termina nuestro intento por descubrir qué ha ocurrido durante todas esas horas.

Lo curioso es que probablemente sí hayan pasado muchas cosas. Han aprendido algo nuevo, se han reído con un compañero, se han enfadado por alguna tontería, han tenido una clase que les ha encantado y otra que se les ha hecho eterna. Pero resumir todo un día ante una pregunta tan amplia como “¿qué tal el cole?” no siempre es fácil.

Y esto no es exclusivo de los más pequeños. En Secundaria, el famoso “bien” puede evolucionar hacia un escueto “normal”, que viene a ofrecer aproximadamente la misma cantidad de información.

Quizá podemos preguntar de otra manera

A veces, un pequeño cambio en nuestras preguntas abre conversaciones completamente diferentes.

En lugar de preguntar qué han hecho durante todo el día, podemos interesarnos por momentos concretos:

¿Qué ha sido lo mejor que te ha pasado hoy?
¿Te has reído mucho por algo?
¿Con quién has estado en el recreo?
¿Ha habido alguna clase que se te haya pasado muy rápido?
¿Qué ha sido lo más difícil de hoy?
¿Alguien te ha ayudado en algo? ¿Has ayudado tú a alguien?
Si pudieras cambiar una cosa de hoy, ¿cuál sería?
¿Qué te apetece que pase mañana?

No se trata, por supuesto, de hacerlas todas seguidas. Si no, habremos cambiado una pregunta poco eficaz por un interrogatorio en toda regla.

También importa elegir el momento

Los adultos llegamos del trabajo y no siempre nos apetece contar inmediatamente cómo ha ido la jornada. A nuestros hijos puede ocurrirles exactamente lo mismo.

Algunos salen del colegio deseando contarlo absolutamente todo —incluido quién se ha sentado hoy al lado de quién— y otros necesitan tiempo.

Especialmente a medida que crecen, quizá la puerta del colegio no sea el mejor lugar para intentar mantener una conversación. Puede surgir más tarde, mientras merendamos, durante un trayecto en coche, preparando la cena o haciendo cualquier otra cosa juntos.

Escuchar sin solucionar todo

Hay otro aspecto que los adultos hacemos con la mejor intención: intentar solucionar inmediatamente aquello que nos cuentan.

Si nos dicen que han discutido con un amigo, buscamos una solución. Si algo les ha salido mal, les explicamos qué deberían haber hecho. Si han cometido un error, intentamos corregirlo.

Pero no siempre necesitan una respuesta.

A veces simplemente quieren contarnos que hoy su mejor amigo se ha enfadado, que un examen les preocupa o que alguien les ha dicho algo que no les ha gustado. Escuchar, interesarnos y darles espacio para explicarse también es acompañar.

Contar nosotros también ayuda

La conversación funciona mejor cuando va en las dos direcciones.

Podemos contarles alguna pequeña anécdota de nuestro día: algo divertido, algo que nos haya costado o incluso algún error que hayamos cometido. Así, hablar de cómo nos ha ido deja de ser algo que les pedimos únicamente a ellos y se convierte en una costumbre familiar.

Además, les enseñamos algo importante: los adultos también tenemos días estupendos, días regulares y días en los que las cosas no salen como esperábamos.

Y si hoy solo obtenemos un «bien»…

Tampoco pasa nada.

 

No necesitamos conocer cada detalle de lo que ocurre durante su jornada escolar. A medida que crecen, también necesitan sus propios espacios y cierta intimidad.

Porque quizá hoy, después de varios intentos, solo consigamos un “bien”.

Pero lo verdaderamente importante es que, cuando llegue algo que necesiten contar de verdad, sepan que estaremos ahí para escucharles.

 

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